lunes, 15 de mayo de 2017

Entrega de premios del Concurso Literario 2017

Concurso literario 2017


Por sorprendente que pueda parecer, uno de los textos escritos más antiguos que se conservan es el lamento de un poeta sumerio que se queja de lo difícil que es, en su tiempo, encontrar temas nuevos para un poema, puesto que todo, según él, está ya dicho y no hay nada nuevo bajo el sol. La tablilla en que este melancólico mensaje está escrito tiene más de tres mil años.
Sin embargo, los seres humanos han seguido escribiendo durante milenios bajo ese mismo sol que alumbra las mismas cosas.
Es cierto, probablemente, que los temas siguen siendo los mismos: las emociones que  provoca la belleza, el amor, el desamor, el dolor que nos devora y no conseguimos acabar de explicar, el mal que no comprendemos... Todo eso forma parte de la condición humana, de lo que nos hace uno con los otros. Sin embargo, cada mirada hacia el sol que nace, cada vibración que provoca en el ánimo la visión de una flor cuyo perfume nos llegó ayer y hoy vemos consumida por la helada es única, insustituible. Y encontrar la palabra justa que la exprese es una tarea delicada, una labor de artesanía que, cuando consigue su efecto, cristaliza ese momento para siempre y permite que esa experiencia individual e intransferible sea comprendida y compartida.

El discurso tiende inexorablemente a la inexactitud y, a veces, se acerca peligrosamente a la mentira. La labor de quien escribe, de quien escribe literatura sobre todo, es apartar el lenguaje de esos usos falsarios para encontrar algo auténtico; algo que refleje lo que todos somos, pero también lo que uno es en un momento. Algo que se parezca a la verdad. A las pequeñas verdades cuestionables y cambiantes que la razón y la sensibilidad humana pueden alcanzar en un universo cuyas coordenadas desconocen.
Frente a otras vías para fijar nuestro saber, frente a otras maneras de intentar conocer el mundo, la literatura, humilde y contingente, recoge  y refleja lo que vemos, pero también lo que imaginamos, lo que tememos o esperamos, lo que duele y lo que calma el ánimo. Nos refleja cuando tenemos razón y cuando estamos fatalmente equivocados. Y cuando buscamos desesperadamente el norte. Es el mayor registro de lo que hemos sido y de lo que hemos deseado ser. A veces resulta complejo sondear la vertiginosa profundidad de sus mensajes. Pero la experiencia de intentarlo siempre nos hará más sabios.


Gracias a todos por seguir, miles de años después, intentando hacernos comprender con vuestras palabras toda la belleza y la miseria del mundo.

miércoles, 11 de noviembre de 2015



DOS MIL QUINIENTOS NIÑOS

En los últimos días hemos trabajado sobre las “historias de vida”. Entre las que me habéis leído y entregado, he encontrado textos de gran nivel. Algunos me han parecido excepcionales. Esta semana he decidido colgar en nuestro Cuaderno de Lengua uno de una compañera vuestra. Es la historia de Irena Sendler, un personaje admirable y poco conocido. 


Irena Sendler 
 





Falleció a los 98 años de edad.
Durante la Segunda Guerra Mundial fue enfermera en Varsovia, y se especializó en cloacas y conductos subterráneos. Pero sus planes iban mucho más allá...
Ella era católica y sabía cuáles eran los planes de los nazis para los judíos.
Irena llegó a salvar a 2500 niños escondiéndolos en cajas de herramientas y camionetas con la ayuda de un perro adiestrado para ladrar a los nazis. Pero los nazis la descubrieron y le rompieron las dos piernas y los dos brazos.
Irena llevaba un registro de los niños que salvaba y, pasada la guerra, probó a localizar a los padres que pudieran haber sobrevivido para intentar rehacer familias. Pero la mayoría habían perdido la vida en las cámaras de gas. Los niños salvados encontraron casas de acogida o fueron adoptados.

En el año 2007, Irena fue propuesta para recibir el premio Nobel de la Paz, pero no fue escogida. El premio fue para Al Gore por unas diapositivas sobre el calentamiento global... y en 2009 se lo llevó Barack Obama solamente por tener buenas intenciones.
PARA MÍ, IRENA ES MI NOBEL!

Nayra Larzabal
3. F


Me gustaría que hicieseis una pequeña labor de investigación histórica en vuestro entorno, o en los libros, o en la red, y que encontrarais algún personaje que también os parezca admirable y cuyas hazañas deseéis dar a conocer a vuestros compañeros y compañeras a través de los comentarios.

miércoles, 21 de octubre de 2015

La larga lucha por los  derechos civiles


La esclavitud fue legalmente abolida en EE. UU. tras la victoria de los unionistas en la Guerra de Secesión (entre 1861 y 1865). Sin embargo, en los estados del Sur, tradicionalmente esclavistas, se impulsaron medidas que segregaban a la población negra y la sometían a una fuerte discriminación.
La lucha por la abolición de esas leyes segregacionistas y discriminatorias se conoce con el nombre de Lucha por los derechos civiles. Se trató de un movimiento esencialmente no violento que buscaba el reconocimiento de la plena ciudadanía para los hombres y mujeres negros, y su derecho a vivir con arreglo a las mismas leyes que regían la vida de los blancos.
Una figura esencial en esa lucha fue la de Martin Luther King, que obtuvo el premio Nobel de la paz en 1964 y que fue asesinado en 1968.
Un año crucial en ese proceso que llevó a la población negra de EE UU a conseguir derechos tan básicos como el voto o la posibilidad de acudir a las mismas escuelas que los blancos fue 1955, y el episodio principal de esa lucha lo protagonizó Rosa Parks, según veréis en el artículo siguiente:


La revolución tranquila de Rosa Parks


Rosa Parks, negra, se sentó en el autobús en la fila de los blancos. El conductor, blanco, exigió a Rosa Parks que se fuera al fondo, con los negros, y cediera ese asiento al pasajero que le correspondía, un blanco. Rosa Parks estaba agotada por las diez horas que había pasado en su trabajo de costurera y estaba, sobre todo, cansada de la humillación que sufría por la separación racista del autobús. Los blancos, delante, sentados; los negros, al fondo, de pie. Ese día, 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks decidió quedarse sentada en la fila de los blancos en un autobús que circulaba por las calles de Montgomery, en el estado sureño de Alabama. Han pasado 44 años desde este incidente, que prendió la mecha al movimiento contra las leyes que segregaban el país en función del color de piel. Ayer, los congresistas y senadores de EEUU aprobaron por unanimidad otorgar a Rosa Parks, de 85 años, la Medalla de Oro del Congreso, la máxima condecoración para la mujer que plantó cara al sistema legal.
Rosa Parks apenas había ido al colegio (para negros) de su barrio (de negros). Los ingresos familiares no daban para mucho, y desde pequeña tuvo que trabajar de sol a sol para poder sobrevivir en un lugar en el que todo era "sólo para blancos" o "sólo para negros".



A sus 42 años había emprendido una cruzada contra el racismo más simbólica que ambiciosa: cuando entraba en un edificio con ascensores separados para blancos o para negros, se negaba a tomar el que le correspondía por su color de piel. Consciente de que no sería admitida en el ascensor de los blancos, prefería subir por la escalera en lugar de tomar el ascensor para negros; pensaba que si lo hacía reforzaba la segregación.
En los autobuses había leyes aún más estrictas. Las primeras filas, las que tenían acolchados los asientos, estaban reservadas exclusivamente para los pasajeros blancos; incluso si no había blancos en el autobús, los negros debían permanecer aglomerados en las filas del fondo, las que estaban "reservadas" para ellos. Para las filas de en medio había una norma singular: los asientos podían ser ocupados por los pasajeros negros siempre y cuando no hubiera ni un solo blanco de pie. Y no sólo eso: si un blanco reclamaba uno de estos asientos, no sólo tenía que levantarse y cederlo el pasajero negro que lo ocupara, sino toda esa fila de pasajeros negros; de esta forma el pasajero blanco disfrutaba de asientos vacíos a su alrededor, sin compañeros negros de viaje.
Rosa Parks odiaba esta regulación y prefería regresar caminando a su casa con tal de no someterse a la separación de colores. Sin embargo, aquel primer día de diciembre de 1955 se encontraba inusualmente agotada por el trabajo del día. Se sentó en las filas de en medio: no había ningún blanco de pie. Pero entró uno en el autobús.
Las filas para blancos estaban llenas, así que inmediatamente se repitió la coreografía habitual: los negros sentados en la fila de en medio se levantaron y se marcharon al fondo, de pie, para que el blanco pudiera ocupar con holgura lo que por ley le correspondía. Pero Rosa Parks no se levantó.
El conductor amenazó con llamar a la policía, y Rosa Parks le invitó a hacerlo, siempre de forma educada. Cuando los agentes llegaron ofrecieron al conductor del autobús la selección del castigo: amonestación verbal y dejarlo pasar, o detención y juicio por desórdenes públicos. El conductor eligió lo segundo. Fue encerrada en un calabozo durante cinco días, sentada ante un juez y condenada a pagar 15 dólares de multa. Desde la cárcel, Rosa Parks usó la llamada telefónica de rigor para ponerse en contacto con un tal King, un pastor de una pequeña iglesia del pueblo a quien nadie conocía. Ahora el mundo entero conoce a Martin Luther King.
El día después de que Parks fuera detenida por no levantarse ante un blanco, la comunidad negra de Montgomery decidió boicotear el servicio de autobuses; iban a trabajar hacinados en furgonetas o a pie, pero dejaron vacíos unos autobuses a los que así hacían perder dinero, porque hasta entonces 7 de cada 10 pasajeros eran negros.
Parks se negó a pagar la multa para que su abogado pudiera cuestionar la ley segregacionista que regulaba el transporte público. Así lo hizo, y consiguió que un año después el Tribunal Supremo de Estados Unidos la declarase ilegal; 382 días después de que Rosa Parks se quedase sentada en la fila de los blancos, los negros volvieron a subirse a los autobuses. Y ya podían sentarse en cualquier lugar. Había comenzado el movimiento de derechos civiles que terminó con la segregación racial.

A veces, un pequeño gesto puede ser decisivo. Rosa Parks no se levantó y ese fue el comienzo de una lucha no violenta que dio muy buen resultado. Si tú hubieras estado allí, ¿habrías apoyado el boicot a los transportes públicos? ¿Por qué?
¿Conoces a alguien en tu entorno que se haya enfrentado a alguna situación injusta? ¿Qué hizo?
¿Conoces alguna situación de injusticia en tu realidad cercana que te gustaría solucionar? ¿Cuál podría ser el primer paso?

Escucha esta canción y presta atención a la letra. ¿Cuál es esa 'extraña fruta' de la que habla? ¿Qué impresión te produce?



domingo, 4 de octubre de 2015



Sobre la diversidad y la  armonía.

El texto de esta semana está extraído de la autobiografía de Elías Canetti, un autor nacido en Bulgaria, en tierras del Imperio Otomano, en 1905, y que fue testigo privilegiado de la evolución de Europa a través de las dos guerras mundiales y del largo periodo de posguerra.

Esta autobiografía es uno de los libros que más me han enseñado sobre la historia de este continente.
De este fragmento, se me quedó profundamente grabada cuando lo leí la descripción de una ciudad en la que convivía una asombrosa diversidad de lenguas y culturas, lo que para el niño que era entonces el autor no suponía ningún problema y era una fuente inagotable de curiosidad y conocimiento. Y también, la percepción de la madre de Canetti, que iba mucho más allá de las diferencias entre procedencias culturales diversas y establecía nuevas distinciones incluso dentro de su comunidad, basadas en la procedencia social, el prestigio familiar y la posición económica. Me llamó profundamente la atención el modo crítico en que Canetti describe el orgullo de su madre por una familia formada por individuos a los que personalmente despreciaba. Y me pareció admirable el modo en que, al final del fragmento, proclama el autor su orgullo por el ser humano y por la Humanidad, a pesar de sus muchos defectos.

¿A cuántas lenguas, culturas y religiones hace referencia en el texto? ¿Creéis que os resultaría difícil la convivencia en un entorno social como el que describe? ¿Habéis tenido ocasión de conocer en vuestro entorno a gentes y familias de otras culturas? ¿Os han inspirado curiosidad o rechazo?¿Qué opináis de la actitud de la madre, que tiende a marcar aún más las diferencias (no sólo las culturales o religiosas, sino también las económicas y sociales)?
¿Cómo interpretáis el siguiente párrafo?

He pasado la mayor parte de mi vida señalando las trampas y ardides del ser humano tal como aparecen históricamente a lo largo de las civilizaciones. He investigado y analizado el poder tan despiadadamente como mi madre los procesos en los que se metía su familia. Existen pocas cosas negativas que yo no haya dicho del hombre y de la humanidad. Y a pesar de todo me siento tan orgulloso de ambos que sólo odio realmente una cosa: su enemigo, la muerte.

¿Qué consideráis más importante en los seres humanos, las características que nos diferencian o las que nos hacen iguales?


Otra cuestión: la lengua materna de Canetti era el ladino, el español que hablan los judíos sefardíes. Me gustaría que buscarais información sobre la historia de esta comunidad.



Orgullo de familia

Rustschuk, en el bajo Danubio, donde vine al mundo, era una ciudad maravillosa para un niño, y si digo que está en Bulgaria no doy más que una vaga idea de ella. Allí vivían gentes de las más diversas procedencias, en un mismo día se podían escuchar siete u ocho idiomas diferentes. Además de los búlgaros, que por lo general provenían del campo, había muchos turcos que vivían en su propio barrio, y colindando con éste estaba el barrio de los sefardíes, el nuestro. Había griegos, albanos, armenios y gitanos. Los rumanos venían de la otra orilla del Danubio; mi nodriza, de la que no me acuerdo, era rumana. Ocasionalmente también había rusos.
Como niño yo no tenía manera de aprehender esta multiplicidad, sin embargo nunca dejé de percibir sus efectos. Algunos personajes se me han quedado grabados sólo porque pertenecían a un grupo étnico determinado y se diferenciaban de los demás por su indumentaria. Entre los criados que tuvimos en casa durante aquellos seis años hubo una vez un cherqueso y más tarde un armenio. La mejor amiga de mi madre, Olga, era rusa. Una vez por semana se reunían en nuestro patio los gitanos, y tantos eran que me parecían un pueblo entero; del miedo que me daban hablaré más adelante.
Rustschuk era un viejo puerto del Danubio, lo que le confería cierta importancia. Como puerto, había atraído gente de todas partes y el Danubio era el tema constante de conversación. Se contaban historias sobre aquellos años singulares en los que el río se había helado; de viajes a Rumania en trineo, a través del hielo; de lobos hambrientos que pisaban los talones a los caballos de los trineos.
Me resulta difícil dar una imagen del colorido de estos primeros años de Rustschuk, de sus pasiones y sus miedos. Todo lo que viví después ya había ocurrido alguna vez en Rustschuk. Allí llaman «Europa» al resto del mundo y si alguien remonta el Danubio en dirección a Viena se dice que va a Europa. Allí, Europa comienza donde en otro tiempo terminaba el imperio turco. La mayoría de los sefardíes eran todavía ciudadanos turcos. Las cosas les habían ido siempre mejor que a los cristianos eslavo-balcánicos. Pero debido a que muchos de los sefardíes eran comerciantes acomodados, el nuevo régimen búlgaro tenía buenas relaciones con ellos y al rey Ferdinand, que gobernó durante un prolongado período, se le consideraba amigo de los judíos.
En cierta forma las fidelidades de los sefardíes fueron complejas. Eran judíos creyentes para quienes la vida de la comunidad religiosa tenía significado; ocupaba, sin excesivo ardor, el centro de sus existencias. Pero se consideraban judíos especiales, lo que estaba estrechamente relacionado con su tradición española. En el transcurso de los siglos, el español que hablaban desde su expulsión, había evolucionado muy poco. Habían incorporado algunas palabras turcas, pero se las reconocía como turcas, y casi siempre tenían vocablos equivalentes en castellano.
Las primeras canciones infantiles que oí eran españolas, se trataba de viejos «romances» españoles, pero lo que se grababa con más fuerza en un niño era la mentalidad de los españoles. Con ingenua arrogancia miraban por encima del hombro a los demás judíos, y utilizaban la palabra «todesco», cargada de sarcasmo, para designar a un judío alemán o askenazi. Hubiera sido impensable casarse con una «todesca» y entre las muchas familias de las que oí hablar o conocí en Rustschuk de niño, no recuerdo ni un solo caso de matrimonio mixto. No tenía seis años de edad cuando ya mi abuelo me previno contra este tipo de alianza. Pero esta discriminación generalizada no era todo. Entre los mismos sefardíes existían las «buenas familias», por lo que se entendía las familias adineradas desde hacía mucho tiempo. Lo más arrogante que podía decirse de alguien era «es de buena familia». Cuántas veces, ad nauseam, le había oído decir esto a mi madre.
Cuando se entusiasmaba con el Burgtheater y leía Shakespeare conmigo, incluso mucho más tarde, cuando hablaba de Strindberg, su autor predilecto, no paraba mientes en decir que ella misma pertenecía a una buena familia, que no había otra mejor. Ella, para quien la literatura universal, que dominaba, llegó a constituir el auténtico sentido de su vida, no sentía que hubiera la menor contradicción entre esta universalidad apasionada y el vano orgullo familiar que alimentaba sin cesar.
Incluso en la época en que seguía totalmente entregado a ella —me abrió todas las puertas del espíritu, y yo la seguí, ciego y entusiasta— me chocaba esta contradicción que me dolía y avergonzaba al mismo tiempo, y se lo comenté y reproché en innumerables conversaciones de aquel período de mi juventud, aunque estos reproches no le hicieron mella. Su orgullo había encontrado muy pronto sus propios cauces por los que fluía impertérrito; sin embargo esta estrechez suya, que yo no acertaba a comprender, hizo que pronto me volviera reacio a cualquier arrogancia de cuna. No puedo tomar en serio a nadie que ostente cualquier tipo de presunción por sus orígenes, lo contemplo como si se tratara de un animal exótico pero un tanto risible. Sorprendo en mí el inamovible prejuicio contra las personas que se vanaglorian de su elevada alcurnia. Las pocas veces en que hice amistad con aristócratas tuve que pasar por alto que hablaran de esto; si hubieran imaginado el esfuerzo que ello me costaba hubieran tenido que renunciar a mi amistad. Todo prejuicio se configura a partir de otro prejuicio, y los prejuicios más frecuentes son los que emanan de sus opuestos.
Además la clase en la que se incluía mi madre era de origen hispano, y adinerada. Yo pude ver en mi familia, y en especial en la suya, lo que el dinero hace de la gente. Los peores eran los que más se consagraban al dinero. Aprendí a conocer todos los pasos que van de la codicia al ansia delirante. Vi hermanos cuya avaricia los llevó a destruirse unos a otros en procesos interminables, y que seguían pleiteando cuando ya no les quedaba un céntimo. Pertenecían a esas mismas «buenas» familias de las que mi madre estaba tan orgullosa. Ella también fue testigo de estos procesos, hablamos de ello con frecuencia. Su inteligencia era penetrante, su conocimiento de la naturaleza humana provenía de las grandes obras de la literatura universal por un lado y de su propia experiencia por otro. Conocía perfectamente los motivos de la insensata auto-destrucción que carcomía a su familia; hubiera podido escribir fácilmente una novela sobre ello; pero el orgullo que sentía mi madre por esta misma familia fue inquebrantable. Si se hubiera tratado de amor, yo lo hubiera podido comprender desde un principio. Pero no amaba en absoluto a muchos de sus protagonistas, unos le producían indignación, otros le inspiraban desprecio. Por la familia como un todo, sólo sentía orgullo.
Mucho más tarde comprendí que, en el ámbito más amplio de las relaciones humanas, yo soy exactamente como ella. He pasado la mayor parte de mi vida señalando los ardides del ser humano tal como aparecen históricamente a lo largo de las civilizaciones. He investigado y analizado el poder tan despiadadamente como mi madre los procesos en los que se metía su familia. Existen pocas cosas negativas que yo no haya dicho del hombre y de la humanidad. Y a pesar de todo me siento tan orgulloso de ambos que sólo odio realmente una cosa: su enemigo, la muerte.


Elías CANETTI
La lengua absuelta (autobiografía)

domingo, 20 de septiembre de 2015

INVICTUS

En un texto leído en clase aparecía el término “resiliencia”.
El DRAE lo define así:

resiliencia.
1. f. Psicol. Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas.

En general, se habla de resiliencia para referirse a la capacidad de soportar el dolor, la adversidad y los golpes de la vida y aprovecharlos para fortalecernos, aprender a vivir mejor y ser más útiles a los demás y a nosotros mismos.

Es un concepto que puede ayudar a mejorar nuestras vidas. Por eso creo que merece la pena ilustrarlo con un ejemplo que me interesa mucho, porque, además, puede dar una respuesta (una entre otras muchas) a una pregunta que los alumnos hacéis a menudo: la de para qué sirve la literatura.

El ejemplo tiene que ver con Nelson Mandela (lider sudafricano en la lucha contra el appartheid que llegó a ser presidente de su país y promovió durante su mandato una política de reconciliación nacional – http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/mandela.htm) y con un poema que fue muy importante para él en sus momentos difíciles.

El caso es que, como consecuencia de su lucha contra el régimen que separaba estrictamente a blancos y negros en Sudáfrica, dejaba todo el poder en manos de los blancos y sometía a la población negra (mayoritaria en el país) a una tremenda discriminación, Mandela fue condenado a cadena perpetua y pasó 27 años en la cárcel en condiciones muy penosas.

Cuando fue liberado, contó que durante esos años de cautiverio, una de las fuentes de donde sacaba fuerzas para soportar su falta de libertad y las penalidades de su durísimo encarcelamiento y para continuar con su lucha era un poema que había aprendido en sus días de estudiante. Se lo repetía a sí mismo y a sus compañeros de prisión para recordarse que, incluso en las circunstancias más difíciles, uno puede encontrar la fuerza para hacer frente al destino adverso y seguir adelante haciendo lo debido.

Aquí tenéis ese poema que jugó un papel tan decisivo en la vida de uno de los personajes más influyentes de la Historia reciente:

INVICTUS

En la noche que me envuelve
negra como un pozo que atravesara la tierra
doy gracias a los dioses, sean cuales sean,
por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias
no he gemido ni llorado.
Ante las puñaladas del azar
mi corazón ha sangrado, pero jamás se ha doblegado.
Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
No obstante, la amenaza de los años
me halla y me hallará sin temor.
Ya no importa cuan estrecho haya sido el camino
ni cuántos castigos lleve a la espalda.
Soy el amo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma.

INVICTUS

Out of the night that covers me,
Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.
In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.
Beyond this place of wrath and tears
Looms but the horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.
It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.





William Ernest Henley


En vuestros comentarios de esta semana, me gustaría que explicarais cuál es para vosotros la manera correcta de afrontar un fracaso, una desgracia, un golpe de mala suerte, y que, si es posible, aportéis algún ejemplo de alguien que ante la adversidad haya adoptado una actitud de resiliencia. Y, si se os ocurre, tampoco estaría de más algún ejemplo que conozcáis de personas que, en situaciones difíciles, hayan adoptado una actitud completamente equivocada. (Eso sí, no deis nombres, que el blog está abierto al público).

(Por cierto, el poema da título también a una película de Clint Eastwood sobre un episodio que tuvo gran trascendencia en la política de Mandela -un partido de rugby-. Os incluyo el enlace a un breve episodio de esa película y os recomiendo que la veáis en cuanto podáis.)



Y ahora, un ejemplo de auténtica resiliencia: Ella perdió un brazo. Él, una pierna. Pero no dejaron de bailar y consiguen juntos alcanzar la belleza y la excelencia:






jueves, 10 de septiembre de 2015

RECUERDO INFANTIL

Abrimos el blog de Lengua con un poema de Machado en el que evoca el recuerdo de un día de escuela tal como él lo vivió en su infancia. 
Para entender el poema, deberíais buscar información acerca del autor (por ejemplo, aquí: http://www.swarthmore.edu/Humanities/mguardi1/espanol_11/machado.htm o aquí: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/machado.htm ) para haceros una idea aproximada de en qué momento histórico se sitúa la escena que describe. También sería conveniente que buscarais información acerca de la historia de Caín y Abel, cuyos retratos decoran la clase. (Por cierto, ¿cuál creéis que es el  tema de esa historia?).
A través de los comentarios, podéis preguntar acerca de todo aquello que os sorprenda o extrañe del texto.
Pero lo que a mí más me interesa es que os fijéis en cómo describe esa tarde y que me expliquéis si las impresiones que Machado transmite acerca de sus días de escuela tienen algo que ver con las vuestras o si tenéis una percepción completamente diferente de lo que es la escuela. En este último caso, explicad cómo recordáis vuestros días de la escuela primaria.










Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de lluvia tras los cristales. 

Es la clase. En un cartel 
se representa a Caín 
fugitivo, y muerto Abel, 
junto a una mancha carmín. 

Con timbre sonoro y hueco 
truena el maestro, un anciano 
mal vestido, enjuto y seco, 
que lleva un libro en la mano. 

Y todo un coro infantil 
va cantando la lección: 
«mil veces ciento, cien mil; 
mil veces mil, un millón». 

Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de la lluvia en los cristales.


Antonio Machado